El Pastor es un siervo llamado y ungido por Dios para ejercer el ministerio de conducir espiritualmente a la Iglesia de Jesucristo. Su autoridad no proviene de los hombres, sino del llamado divino y del reconocimiento de la congregación a la obra que el Señor ha realizado en su vida. Su principal responsabilidad consiste en apacentar, guiar, enseñar y cuidar el rebaño que Dios ha puesto bajo su responsabilidad, administrando la Iglesia conforme a las Sagradas Escrituras y procurando que todas las áreas del ministerio se desarrollen en obediencia a la voluntad de Dios.

Como pastor, debe velar por la sana doctrina, exhortar, corregir con amor, consolar a los afligidos, fortalecer a los débiles, promover la unidad de la Iglesia y equipar a los creyentes para la obra del ministerio, procurando siempre el crecimiento espiritual de la congregación y la expansión del Reino de Dios.

"Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey."

[1 Pedro 5:2-3]

Asimismo, el apóstol Pablo instruyó a los ancianos de la Iglesia de Éfeso:

"Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre."

[Hechos 20:28]

El ministerio pastoral también comprende la enseñanza constante de la Palabra de Dios, la oración por la Iglesia y la preparación espiritual de los creyentes para que alcancen la madurez en Cristo.

La función del Diácono es la de un colaborador directo y cercano al Pastor de la Iglesia, el que tiene por objetivo trabajar para la obra del Señor, ayudando en todo lo que dice relación con el funcionamiento de ésta, particularmente en ministrar doctrina y orientación espiritual a cada miembro de la Iglesia, que por su investidura tenga a su cargo, sea cual sea la función específica que se le ha encomendado. Esto lo convierte en un eslabón de suma importancia dentro del funcionamiento de la iglesia, pues representa el nexo directo entre nuestro pastor y la hermandad.

"Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros; a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo"

[Efesios 4:11-12]

El Pastor debe ejercer su ministerio con humildad, amor, integridad y espíritu de servicio, recordando que un día dará cuenta delante de Dios por las almas que le fueron confiadas

"Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta"

[Hebreos 13:17]

El Diácono es un servidor de Dios que ha sido llamado para colaborar estrechamente con el Pastor en la atención espiritual, administrativa y ministerial de la Iglesia. Su ministerio representa un apoyo fundamental para el desarrollo de la obra del Señor, contribuyendo al orden, la unidad y el crecimiento de la congregación

Su función consiste en servir con fidelidad y disposición en todas aquellas labores que le sean encomendadas por el Pastor, procurando el bienestar espiritual de la Iglesia y colaborando en el cumplimiento de la misión que Cristo ha confiado a su pueblo. Entre sus responsabilidades se encuentran ministrar doctrina, brindar orientación espiritual, visitar y acompañar a los hermanos, fortalecer la comunión entre los miembros de la congregación y apoyar en las diversas actividades ministeriales y administrativaS.

Por la naturaleza de su ministerio, el Diácono constituye un importante vínculo entre el Pastor y la congregación, facilitando la comunicación, promoviendo la unidad del cuerpo de Cristo y colaborando para que las necesidades espirituales y prácticas de los creyentes sean atendidas con diligencia, amor y sabiduría.

El origen del ministerio diaconal se encuentra en la Iglesia primitiva, cuando los apóstoles establecieron hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría para atender las necesidades de la congregación y permitir que el ministerio de la Palabra continuara desarrollándose plenamente.

"Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo."

[Hechos 6:3]

Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo.

"Los diáconos asimismo deben ser honestos, sin doblez, no dados a mucho vino, no codiciosos de ganancias deshonestas; que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia... Los diáconos sean maridos de una sola mujer, y que gobiernen bien sus hijos y sus casas"

[1 Timoteo 3:8-13]

Todo diácono debe distinguirse por su vida de oración, humildad, fidelidad, prudencia y amor hacia la Iglesia, siendo ejemplo para los creyentes en palabra, conducta, servicio y testimonio cristiano.

El ministerio diaconal no constituye una posición de privilegio, sino un llamado al servicio. Siguiendo el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, el diácono debe ejercer su labor con un corazón dispuesto a servir antes que a ser servido.

"Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos"

[Marcos 10:45]

Tanto el Pastor como los Diáconos conforman un equipo ministerial que trabaja unido para la edificación de la Iglesia, procurando que todo se realice conforme al orden establecido por Dios, para la gloria de su Nombre y el crecimiento espiritual de Su pueblo.

"Pero hágase todo decentemente y con orden."

[1 Corintios 14:40]